Fotografías y texto: Diego J. Casillas Torres
14 September 2026 | Publicado : 22:34 (14/09/2026) | Actualizado: 22:51 (14/09/2026) | Fuente: www.miextremadura.com
Es penoso.
- “Cagüentó ¡Otra vez!”.
Fue lo primero que se me vino a la boca esta mañana al conocer la noticia de que un nuevo incendio forestal se cernía sobre el Valle del Jerte, cerca de la Garganta de los Infiernos aunque a mayor altitud.

Afortunadamente a la hora en la que me pongo a escribir el incendio está en fase de extinción y ha quedado, de momento, solo en susto. No, no cuela, es mentira, pienso, no ha quedado solo en susto. Hay superficie quemada y en ello plantas, arbustos y árboles, insectos, miles de insectos, también invertebrados y vertebrados pequeños y grandes…
Eso no es un susto, es una tragedia. Quizá una pequeña tragedia pero es una tragedia. Me cuesta recordar imágenes a las que la tv nos está acostumbrando, de animales malheridos o deshidratados por los incendios, otros agonizantes y otros con sus tristes cuerpos calcinados que pasan a formar parte de un nuevo paisaje inerte y macabro, gris y negro, silencioso, quebradizo que anuncia la nada, el kaos al que inevitablemente parece que tendemos.


La teoria la llevo bien. Con tantos expertos, tanto debate y tanto cuñado ilustrado peleándose por las verdaderas causas, ya tengo todo un máster. Que si la regla del 30-30-30 (grados de temperatura, velocidad del viento y humedad máxima), las olas de calor que no ayudan nada sino al contrario, las tormentas secas… los períodos de sequía que generan masas de combustible que no se retiran. Y si no se retiran, se queman. Porque es de cajón que si no se gestiona esa acumulación vegetativa, ésta actúa como propagadora.


Luego está la otra tragedia, la humana. Amén de las vidas que este año han costado los incendios en nuestro país, está una tragedia menor, pero también tragedia, la que ha llevado al abandono de los montes, los campos, los pueblos en los que ya no sobrevive casi nadie.
Y esta tragedia abre otra, la del abandono. El hombre ha abandonado el campo y el campo está abandonando al hombre desapareciendo, dejando de existir con sus animalillos, sus aves, sus plantas, sus árboles. Es como si una persona se apuñalara un pulmón cada año varias veces.


Unos datos, solo para aterrizar en la cruda realidad. En año 2025 fue verdaderamente desastroso y la destrucción alcanzó un total de 50,089 hectáreas. Este año algunos pensarán que podríamos hacer una fiesta porque más o menos solo se nos han quemado unas 10.000 hectáreas. Es decir, y para que lo entiendan otros, tú no, que sé que lo has comprendido porque tienes alma, pero para que se lo puedas explicar a quienes las hectáreas les suponen una dimensión desconocida: Se han quemado entre el año pasado y este ochenta y cuatro mil ciento cincuenta y ocho campos de fútbol. Es decir, siete veces todos los campos de fútbol que hay en España.
Mira, yo iría a llorar una vez por cada hectárea de las que se han quemado y creo que no tendría vidas suficientes para parar de llorar. En lugar de eso ¿qué hago? Cabrearme, porque realmente todos los incendios son provocados, unos por enfermos mentales, otros por terroristas medioambientales y otros por dejadez… de cosas. Solo me queda escribir y fotografiar, expresarme para intentar concienciar.


Ahora voy a rizar el rizo, porque hay más.
Existe una fragilidad compartida entre, por ejemplo, el bosque que conforma el Parque Nacional de Monfragüe y el Dolmen de Lácara. Ambos son depositarios de nuestra identidad, testigos silenciosos del tiempo y pilares de lo que fuimos, somos y seremos.
Sin embargo, en los últimos tiempos asistimos a un fenómeno inquietante: la devastación de nuestro patrimonio natural a través de los incendios forestales por un lado, y el ataque impune, deliberado o negligente, contra el patrimonio cultural y artístico y por el otro. Aunque los motivos y los actores varíen, el trasfondo ético revela la misma dolencia social: una profunda desconexión con aquello que nos trasciende.


En el ámbito natural, la agresión alcanza su versión más trágica en las llamas que consumen miles de hectáreas cada verano. Detrás de cada incendio forestal provocado o derivado de la desidia, no solo se pierden árboles y biodiversidad; se destruye un legado ecológico esculpido durante siglos.
Un monte quemado es una biblioteca natural incendiada donde se arruinan hábitats, se empobrece el suelo y se borra el paisaje que nutre la vida de pueblos enteros. Al igual que una escultura vandalizada pierde su integridad, un ecosistema arrasado por el fuego tarda generaciones en recobrar su pulso, dejando tras de sí cicatrices imborrables.


Por otra parte, he tenido la desgracia de volver a ver este verano cómo la población de mamarrachus ibéricus ha aumentado haciendo suyas diversas obras artísticas. Todo en un alarde de la mayor conducta cateta, insensible y absurda que puedas imaginar. Obra de necios e incultos que, bajo la premisa de llamar la atención se permiten pintarrajear monigotes o arañar, por ejemplo, pinturas rupestres de incalculable valor. Estoy convencido de que atentar contra la belleza que nos humaniza transforma a quien lo hace en un simple ser vivo, no sintiente, carente de cualquier característica humana salvo el parecido físico. El patrimonio no es un adorno superfluo ni un símbolo del poder a derribar; tampoco es el fotocol de nadie. Es la expresión del alma humana y un refugio colectivo. Atacar un cuadro, unas pinturas rupestres, el lienzo de una muralla, una columna o cualquier otro elemento estrecha el margen de empatía de quien lo hace y erosiona su respeto por la memoria y por los seres humanos.


Ambas formas de agresión comparten una raíz: la instrumentalización del bien común y la primacía de lo inmediato sobre la preservación. Ya sea la búsqueda del impacto viral a costa de una joya pictórica o la imprudencia y el interés mezquino que encienden la chispa en el monte, el resultado es la pérdida irreparable. El valor del arte y de la naturaleza reside precisamente en su vocación de permanencia, en su capacidad para ofrecer sentido en un mundo acelerado. Necesitamos la naturaleza y necesitamos el arte.

Cuidar el patrimonio —tanto el levantado por las manos del artista como el modelado por la biología— no es un acto de nostalgia pasiva, no es tampoco un lujo ni un capricho de hippies trasnochados y japiflagüers de tres al cuarto. Es un compromiso ético con las generaciones futuras y en primera instancia un compromiso con nuestros hijos e hijas. Dañar una obra de arte o permitir la ceniza en nuestros bosques es abdicar de nuestra responsabilidad. Reconciliarnos con nuestra herencia cultural y con la tierra exige recuperar el asombro y el respeto. Solo comprendiendo que la belleza de un lienzo y la majestad de un bosque arbolado constituyen la misma trama de la dignidad humana seremos capaces de proteger lo que de verdad nos sostiene.

Y esto implica muchas cosas que empiezan por ese cambio de mentalidad. El cambio climático es culpa de todos. La generación de basura es culpa de todos. El abandono del medio rural es culpa de todos. El abandono de la cultura, la educación y los valores, es culpa de todos... Y quien quiera mirar para otro lado o decida no actuar, seguirá conjugando el verbo dañar: Yo daño, tú dañas, él daña ...
