La Zarza, el puente y la roca

Fotografías y texto: Diego J. Casillas Torres

06 August 2026 | Publicado : 10:56 (06/08/2026) | Actualizado: 11:07 (06/08/2026)

La magia solo sucede en algunos lugares y momentos. Pienso que eso también ocurre en sitios en los que se acumula intensidad histórica. Si hubiese un artilugio que pudiese medir la intensidad de acontecimientos, la de las almas que habitaron a lo largo de los siglos, la de amor y odio que se ha podido haber concentrado desde que un ser humano puso el pié e un determinado lugar. Si pudiese cuantificarse eso, estoy seguro de que Zarza la Mayor tendría premio gordo. No lo sé, es pura intuición. Estoy pisando un lugar en el que ya estoy escuchando hablar a las piedras. Hace un tiempo, una señora muy seriamente me abroncó en una red social para decirme que las piedras no podían hablar. Probablemente ella supiese hablar el castellano pero estoy seguro de que no lo entendía, así que no me esforcé en explicarme. Lo sostengo, sí, las piedras hablan. Ellas lo hacen, y también los árboles, y los ríos, las rocas y las montañas, las carreteras, los valles, el cielo y las estrellas. Todo nos habla continuamente. Y no a mí, a todos. Pon un poco de alma en cada cosa y ya verás como no te miento.

Zarza la Mayor

 

He aparcado el coche en la Travesía de San Juan, cerca de al menos tres lugares en los que tomar un café y comer algo. Al levantar la vista para localizar el campanario de la iglesia y encaminarme hacia allí, esta ha tropezado con el Arco de San Juan y, de esta suerte, comienzo a improvisar un recorrido en el que el único orden está trazado por los impulsos, por las llamadas de la piedra y de la historia. Nada mejor como dejarse llevar aquí y ahora.

Zarza la Mayor

Lo primero que hago es cruzar el arco de la Ermita de San Juan. Y ahí, el mismo arco me cuenta cómo está vinculada, desde su fundación, con la familia de Sande, que la mandó construir y unir mediante un arco que sostenía una planta alta por la que los de tan noble linaje iban y venían a rezar. Muy barroca ella, al menos la portada porque no he conseguido acceder al interior.

 

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Evidentemente, al otro lado del arco está La Casa de los Sande. Sí, los Sande de toda la vida de Cáceres, al menos desde el siglo XIV, que llegaron desde Galicia. Hidalgos terratenientes allá donde los haya, exentos de pagar impuestos por tal condición ganada por brindar su acero y lealtad a la corona. Luego está eso de que sacaban unos maravedises extra controlando los pasos fluviales con barcas, cobrando peajes por derechos de paso... 

 

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Se me van los ojos calle arriba, calle abajo y calle al frente, porque tengo debilidad por las casas de pueblo. Además, algunas fachadas que desprenden abolengo del bueno, no del rancio como en otros sitios. Y algo me llama a continuar caminando por la Travesía San Juan hasta llegar a la Iglesia de San Andrés Apóstol. El santo, colocado en la portada del templo, toda herreriana ella, está a socuello en su hornacina, esperando, con paciencia casi bíblica, el paso de alguien que le escuche. Y así me paro, le miro, y después de alguna fotografía me deja perplejo contándome una historia. La de cómo allá por el 1665 no pudo hacer nada por salvar la iglesia de la ira portuguesa que la voló por los aires. De cómo tuvo que esperar hasta tres años para que se comenzase la edificación nueva, porque lo único que quedó aprovechable fueron los cimientos. 

 

Zarza la Mayor

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Me cuenta también la piedra metamorfoseada en santo que después de aquello, lo de los portugueses, le cogió cierto canguelo a la pólvora. Desde entonces cada Domingo de Resurrección, que aquí llaman Domingo de Tiros, los mozos del pueblo descargan sus escopetas con gran estruendo y algarabía en honor al resucitado y a él, a San Andrés, no le queda más remedio que aguantar el tipo vigilando desde su hornacina por más que sabe que no hay riesgo ni peligro. Pero le huele a pólvora. En fin, traumas de santos que trato de resolverle con algunas técnicas de minfuldness. Poco más puedo hacer.

 

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Esta plaza tiene empaque. No solo por la iglesia que domina su centro. También hay dos edificios que le dan contenido. El primero es la Casa de la Encomienda. Al pasar por delante escucho un siseo y paro. Se dirige a mí Juan de Poupet, Señor de la Jao (o de la Xao), Comendador de La Zarza (o de la Çarça) y Peñafiel, que vive atrapado en el escudo central que hay entre dos ventanas sobre el precioso arco de medio punto por el que se accede al palacete. Y me cuenta que cuando la villa fue cabeza de encomienda allá por el siglo XIV se llamaba Zarza de Alcántara. Que el edificio fue concebido con carácter defensivo y cuartelero pero que los gustos cambiantes de las décadas sucesivas llevaron a reformar la fachada hasta que en el siglo XVI se perfiló tal y como la veo yo hoy. También dice que en el siglo XVII se cambió la denominación de Zarza de Alcántara por Zarza la Mayor y en eso tuvo mucho que ver este edificio. Me cuenta historias y batallitas de soldados, del enfrentamiento hoy olvidado y transformado en hermanamiento que nos llevó a mantener una guerra contra Portugal del siglo XVII, también del papel que jugó este edificio durante la contienda.

 

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El segundo edificio que llama mi atención, y también llamará la tuya cuando vengas, es la Real Fábrica de la Seda fundada en 1749 para aprovechar la utilidad del gusano de seda. En este lugar, un centenar de telares procesaban la seda para crear terciopelos, tafetanes, damascos y pañuelos. Pero una nefasta gestión dió con el negocio al traste poco tiempo después de iniciar su andadura y hoy es sede del Ayuntamiento.

 

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Un rumor me lleva a dar la vuelta a la Real Casa de la Seda para plantarme frente al Rollo de Justicia. Y pienso en qué rollo de justicia que, durante la historia, nos ha llevado de cabeza multitud de veces. Pensar en la Justicia justa es como pensar en la perfección de las flores o en la intensidad sostenida de una llama. Es algo que no existe siempre. Unas veces sí y otras no. Y no puedo evitar pensar en la cantidad de infelices e inocentes que pudieron ser ajusticiados en esta piedra tan solo para ajustar cuentas y quitárselos del medio por odio, envidia o codicia. La piedra me susurra que en torno al siglo XV ya le traían proscritos para darles un abrazo de muerte y piedra. Ruborizada, la cruz, trata de justificar su existencia huyendo de la macabra utilidad para afirmar que también fue rollo jurisdiccional, hito señalador de quién mandaba aquí, rótulo luminoso de neón de la época en el que se anunciaba que pisabas las tierras de don fulano de tal y tal.

 

Zarza la Mayor

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Veo una calle que anuncia el camino hacia la fuente de la Conceja. Y por el camino pienso que quizá, más que las iglesias aún, las fuentes debieron ser los lugares más concurridos de cualquier población. Esta data del siglo XIV y hasta que hubo agua corriente en Zarza allá por 1968-1969, todo el mundo debió venir a calmar su sed y necesidad. Como soy un romanticón, y la fuente me ha reconocido, me cuenta también que fue lugar de citas nocturnas furtivas. También que, a falta de televisor, el lugar era una especie de programa rosa en directo en el que se debatía sobre la vida de tal o cual vecino o vecina, sus andanzas, escarceos amorosos, donde iba o venía, lo que hacía...

 

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Regreso al casco urbano y de lejos oigo otra voz que me llama para que no pase de largo. Es San Bartolomé que quiere enseñarme su bonita y aseada casa. La ermita de su nombre luce blanca como la luna con una cruz de piedra delante de ella. No en vano es el patrón del pueblo y eso le hace ganarse el derecho a estar bien atendido. El interior está reluciente, incluso huele a lejía. La luz se cuela pero los santos y el cristo huyen hacia lo oscuro. Nunca he entendido esa tendencia a la poca luz en los rincones de culto. Y me niego a entenderlo.

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San Bartolomé dice que lleva allí desde el siglo XV. Me cuenta también, dando fe de lo que me dijo antes San Andrés, que cuando los portugueses volaron la parroquia él tuvo que auxiliar a su colega dando aquí cobijo a la población durante trece años.

Ahora la llamada me lleva a cruzar la zona antigua hasta su otro extremo. Esa brújula del instinto me conduce directamente a los restos de un horno alfarero construido en piedra y mampostería. Pero aquí reina el silencio. No alcanzo a escuchar su historia y así, la intuición me hace pensar que quizá estuvo en uso en torno a los siglos XVII o XVIII.

Zarza la Mayor

Zarza la Mayor

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El cerro tiene muros de reciente construcción con forma almenada. Las indicaciones señalan a este lugar como castillo pero...  pero no veo ninguna indicación acerca de si fue fortaleza o no, cuándo o nada más. Solo referencias a un castillo pero sé que existe el Castillo de Racha Rachel y también encuentro referencias del del Madroñal, el de Benavente y el de las Moreras. Uff, demasiados castillos. Puede que alguno esté identificado con dos nombres. La próxima vez tengo que agenciarme alguien que conozca bien esta historia, un traductor de esas voces, para poder entender con nitidez.

 

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Serpenteo por un callejón para llegar a una calle más grande en la que un puñado de pobres gatos arestinosos andan buscando la sombra. Ni se inmutan al verme pasar camino de la Ermita de Nuestra Señora del Castillo. Le pregunto a una señora cómo llegar y también que si "es de aquí", a lo que me responde que “ni de aquí ni de allí y de todos sitios“ (cito literalmente). A pesar de la ambigüedad, me orienta bien y llego sin problema para disfrutar del blanco y azul.

 

Zarza la Mayor

Como si estuviese en Santorini, hoy estoy disfrutando de la cal blanca y el azul del cielo. Para ser Agosto hay azules más propios de la primavera. Como el tiempo anda loco, loco, no voy ni a preguntarme por qué. ¡Qué bonita, pardiez! Debió decir alguien de Zarza de Alcántara en el siglo XIV cuando se plantó delante de la ermita terminada. Y Lo mismo pienso yo hoy, encaramado en las tres cruces para hacer la foto que quiero llevarme.

 

Zarza la Mayor

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Las tres cruces, las tres cruces… típica recreación del Calvario del Gólgota pero con solera. Probablemente cruz de término, fin de la población, cruce de caminos… Tampoco consigo averiguar nada de ellas pero me llama mucho la atención la base de las tres. ¿Quizá aras votivas romanas reaprovechadas?. Las tres son diferentes, las tres fueron tocadas por manos distintas y dos de ellas me cuentan que no siempre sujetaron las cruces que hoy tienen encima.

 

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Aún me queda tiempo pero tengo que regresar a Alcántara (25 km) y antes quiero saldar cuentas con dos cosas más que quiero incorporar a esta bonita ruta que estoy formando en mi cabeza. Me quedo sin ver muchas cosas pero prometo volver para ir al Castillo de Racha Rachel y asegurarme de que no es el mismo que el del Madroñal, el de Benavente y el de las Moreras, porque de ser así, ¡vaya palmarés!.

 

Zarza la Mayor

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Primera parada de mi ajuste de cuentas hoy: El Puente Romano de Segura, a 21,8 km, cruza el río Erjas, frontera natural entre España y Portugal. Yo le llamo el hermano pequeño del de Alcántara porque es igual, más pequeño, y no tiene el característico arco del medio. Es una preciosidad. Me relajo viéndolo y los buitres vienen a saludar. La población lusa de Segura se recorta en lo alto de un monte. Aquí se está en paz.

 

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Continúo. Segunda parada del ajuste de cuentas: La Peña Buracá, a 8,5 km del Puente de Segura. Una correcta señalización hace que por fin, después de dos intentonas llenas de torpeza y desatino, consiga llegar a esta gran piedra que me mira muda con dos enormes cuencas vacías. ¿Piedra sacra? ¿Romana o prerromana? ¿Almacén, vivienda, parte de una construcción? Demasiadas preguntas para el poco tiempo que tengo. Ahora que sé llegar tendré que venir más veces

 

firma diego

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